En 1952, Amalia Hernández fundó con ocho bailarinas lo que se convertiría en la compañía de danza más famosa de México: el Ballet Folklórico de México. Desde su sede en el Palacio de Bellas Artes, la compañía ha realizado más de 10,000 funciones en todo el mundo y ha construido, función a función, una imagen de México que millones de personas en decenas de países han recibido como versión auténtica de la cultura nacional. Los documentales sobre el Ballet Folklórico son inevitablemente documentales sobre la política de la identidad cultural.
La construcción de lo “típico”
La crítica académica al Ballet Folklórico de México señala que lo que la compañía presenta como danzas “tradicionales” son en realidad creaciones de Hernández: coreografías compuestas a partir de elementos de distintas tradiciones regionales, estilizadas, dramatizadas y presentadas con una teatralidad que las comunidades de origen no reconocerían como suyas.
Esta crítica es válida. La Danza de los Viejitos de Michoacán que el Ballet Folklórico presenta en el escenario del Palacio de Bellas Artes es fundamentalmente diferente de cómo esa danza existe en las comunidades purépechas donde nació. El Ballet la ha transformado en espectáculo exportable.
Pero esta crítica también tiene sus límites. La pregunta relevante no es si el Ballet Folklórico es “auténtico” en algún sentido etnológico — claramente no lo es — sino qué función social y política cumple esa representación estilizada.
El proyecto nacionalista post-revolucionario
El Ballet Folklórico nació en el contexto del nacionalismo cultural mexicano de mediados del siglo XX. El muralismo de Rivera, Orozco y Siqueiros, la música de Carlos Chávez y Silvestre Revueltas, la literatura de Rulfo y Paz — todo formaba parte de un proyecto de construcción de identidad nacional después de la Revolución Mexicana.
En ese contexto, el Ballet Folklórico de Amalia Hernández era la danza de ese proyecto: una síntesis visual de la diversidad regional de México, presentada como unidad nacional. Era, también, una declaración al mundo: México tiene una cultura propia, rica y digna, que no necesita mirar a Europa para justificarse.
Los documentales sobre el Ballet
Los documentales que han explorado la historia del Ballet Folklórico han tenido acceso a los archivos de la compañía: filmaciones de décadas anteriores, fotografías, entrevistas con bailarines de distintas generaciones. Estas producciones muestran cómo ha evolucionado la lectura de la identidad mexicana que la compañía ha construido — y cómo esa lectura refleja los cambios políticos y culturales del país.
El Ballet Folklórico es, en ese sentido, un documento vivo de cómo México se ha visto y querido verse a sí mismo durante setenta años.
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