Cuando Netflix estrenó la primera temporada de Narcos: México en 2018, la serie generó una controversia doble en el país: por un lado, el orgullo de ver a México en una producción de alto presupuesto y alcance global; por otro, la incomodidad con cómo esa historia estaba siendo contada, por quién, y con qué consecuencias para las personas reales involucradas.
Lo que la serie acertó
Narcos: México se tomó más en serio la historia política del narcotráfico mexicano que su predecesora colombiana. El arco narrativo que explica cómo Miguel Ángel Félix Gallardo unificó los cárteles regionales en una organización nacional a finales de los 1980 es, en sus líneas generales, históricamente sólido. La serie captura algo real: el narcotráfico en México no es solo un fenómeno criminal sino político, profundamente entrelazado con el sistema del PRI que gobernó el país durante setenta años.
La representación de la corrupción sistémica — no como excepción sino como modo de funcionamiento normal del Estado — es quizás el aporte más valioso de la serie a la comprensión internacional de México.
Las distorsiones problemáticas
Las críticas más serias a Narcos: México vienen de periodistas y académicos que señalan varias distorsiones significativas. La serie tiende a simplificar la causalidad histórica, presentando los eventos como resultado de decisiones individuales cuando en realidad respondían a estructuras sistémicas más profundas.
Hay también un problema de perspectiva: la serie está narrada fundamentalmente desde el punto de vista de la DEA, la agencia antidroga estadounidense. Esto no es neutral: establece una jerarquía moral en la que los agentes gringos son los observadores inteligentes de una barbarie mexicana. Esta lógica ha sido señalada como una perpetuación del pensamiento colonial en el consumo cultural.
El efecto en las personas reales
El costo humano más concreto de la serie fue el asesinato en 2019 del asesor de producción Carlos Muñoz Portal, cuyo cuerpo fue encontrado en el Estado de México mientras realizaba trabajo de investigación para la tercera temporada. La serie había continuado produciendo en México a pesar de advertencias de riesgo.
Este hecho brutal pone sobre la mesa una pregunta que cualquier producción sobre el crimen organizado en México debe hacerse: ¿qué responsabilidad tiene el productor hacia las personas — guías, traductores, asesores, colaboradores locales — que hacen posible el trabajo en condiciones de riesgo?
Narcos: México es un producto de entretenimiento de calidad técnica indiscutible. Que sea también una representación justa, responsable y honesta de la realidad mexicana es una pregunta que sus productores no han respondido satisfactoriamente.
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